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CAN Art Fair Madrid 2026: la edición en la que una feria terminó de convertirse en marca

La semana de CAN Madrid 2026 terminó dejando algo más que una buena edición: dejó la sensación de haber asistido al momento en que una feria cerró una etapa y confirmó otra. Del 5 al 8 de marzo, Matadero Madrid acogió la décima edición del proyecto Urvanity, fundado por Sergio Sancho, la primera que se celebró plenamente bajo su nuevo nombre, CAN Art Fair. Esa transición no se vivió como un simple cambio de identidad visual, sino como la afirmación de una posición más amplia dentro del ecosistema contemporáneo.

Lo que hasta hace unos años había sido leído sobre todo desde el prisma del arte urbano o del nuevo pop compareció esta vez con una ambición más abierta, más internacional y también más articulada. CAN Madrid 2026 reunió a más de 50 galerías y desplegó una estructura curatorial reforzada con cinco líneas que ordenaron bien la visita: Foco LATAM, Counterflow, Young Galleries, Solo/Duo Projects y CAN Design. El resultado fue una feria más diversa, menos dependiente de una sola genealogía estética y más interesada en cartografiar aquello que está ocurriendo ahora mismo, desde los nuevos surrealismos latinoamericanos hasta el diseño coleccionable.

Esa fue, probablemente, la principal lectura de la semana: CAN no quiso presentarse como una alternativa periférica a las grandes ferias de marzo en Madrid, sino como una plataforma con un lenguaje propio. La escala seguía siendo contenida en comparación con ARCO, pero precisamente ahí residió parte de su fuerza. Frente al modelo más monumental, la feria mantuvo una cercanía que la hizo especialmente eficaz para el descubrimiento. En ese punto, el discurso de Sergio Sancho fue claro: CAN siguió pensando en el coleccionismo, sí, pero también en esos compradores de arte que todavía no se reconocen bajo esa palabra y que encuentran aquí una entrada más natural al mercado.

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La edición también dejó un subtexto económico nada menor. Varias voces de la Semana del Arte en Madrid insistieron en que la ciudad vivió un momento de creciente atracción internacional, pero también de desventaja fiscal frente a otros mercados europeos. En ese contexto, CAN Madrid 2026 defendió una posición interesante: combinar un perfil internacional con un rango de precios más accesible y una atmósfera menos intimidante. Hubo obra en galerías jóvenes desde los 800 o 900 euros, sin renunciar por ello a piezas de mayor calibre. Esa convivencia entre vocación de descubrimiento y deseo de consolidación fue una de las claves de su éxito.

Si algo ayudó a medir el pulso real de la feria fueron, además, sus premios. El programa de colecciones y residencias confirmó el compromiso de instituciones y colecciones privadas con los artistas participantes y dejó un mapa bastante preciso de los nombres que despertaron mayor atención. Entre los premiados figuraron Nieves González, Claudia Pastomas, Yutaro Inagaki, Ela Fidalgo, Arturo Garrido, Manu García, Joaquín Reyes, Mara Faúndez, Nicolás Romero, Drea Cofield, Luis Pérez Calvo y Cesc Abad. Especialmente significativo fue el doble reconocimiento a Yutaro Inagaki, así como la presencia repetida de Arturo Garrido entre los seleccionados por distintas colecciones.

El palmarés resumió bien el tipo de sensibilidad que atravesó la feria: atención a trayectorias emergentes, interés por lenguajes pictóricos y objetuales contemporáneos y voluntad de acompañar procesos más allá de la compraventa inmediata, a través de residencias y adquisiciones. En ese sentido, CAN Madrid 2026 no solo funcionó como escaparate, sino como dispositivo de validación y proyección.

Entre los artistas presentes en esta edición también figuraron varios nombres vinculados al ecosistema Saisho, con especial protagonismo para Alicia Martín e Iñaki Domingo, cuya participación volvió a subrayar la presencia de artistas españoles con trayectorias consolidadas dentro del contexto internacional que propone la feria. Ambos aportaron propuestas que dialogaban con algunos de los ejes más visibles de esta edición: la investigación material, la reflexión sobre la imagen contemporánea, y una aproximación expandida a los lenguajes de la escultura y la fotografía.

Al cierre del domingo, la impresión general fue la de una feria que había salido reforzada de su décimo aniversario. No tanto por el gesto del cambio de nombre en sí, sino porque consiguió que esa nueva identidad pareciera inevitable. La feria, antes Urvanity, había dejado atrás una etiqueta demasiado estrecha para asumir otra más flexible, capaz de alojar pintura, escultura, instalación, diseño y nuevas escenas internacionales sin perder del todo el nervio con el que nació.

Y quizá ahí estuvo su mejor balance: en haber demostrado que crecer no siempre significa parecerse a los demás, sino afinar mejor lo que uno ya era.

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