Hay artistas que construyen su obra desde la ruptura. Otros desde la velocidad. Rómulo Celdrán lo hace desde la atención.
La conversación con Rómulo Celdrán en S Gallery tampoco es una entrevista convencional. Se convierte pronto en un recorrido pausado por los fundamentos de su práctica artística, una trayectoria que ha elegido conscientemente el rigor, la lentitud y la coherencia como forma de posicionamiento en el mundo. Desde el inicio queda claro que, en su caso, no hay gesto improvisado ni construcción estratégica a corto plazo: hay una decisión temprana y sostenida.
Rómulo comienza a pintar con apenas siete u ocho años. Sin embargo, la conciencia de que el arte será su profesión llega durante la adolescencia. “Con catorce o quince años entendí que cualquier otro estudio sería complementario. Mi camino estaba aquí”, recuerda. No se trata de una intuición romántica, sino de una certeza que empieza a adquirir forma concreta: surgen pequeños encargos, señales de que la vocación puede convertirse en una vía profesional real.
Aquella decisión temprana de dedicación exclusiva resulta estructural en su trayectoria. Su obra no admite una práctica intermitente. La producción es reducida, exigente y lenta. Cada pieza demanda tiempo, investigación y compromiso. “Necesito esa entrega total. No podría haber construido un corpus coherente de otra manera.”



Desde entonces, el hilo conductor de su trabajo permanece constante: la fascinación por el mundo de lo sencillo. Frente a la espectacularidad o lo extraordinario, el artista elige aquello que suele pasar desapercibido. Una naranja. Una bolsa de plástico. Un objeto cotidiano que no reclama atención pero que, bajo una mirada concentrada, revela una dimensión inesperada.
En un momento de la conversación le pregunto cuál es la inquietud que atraviesa su producción. Su respuesta es directa: “Siempre me ha interesado ese objeto humilde que corre el riesgo de ser olvidado. Ahí encuentro algo casi poético.”
No hay voluntad de monumentalizar lo banal. Hay una intención más profunda: intensificar la experiencia del observador. La obra no transforma el objeto en algo distinto; transforma la relación que tenemos con él. Nos obliga a detenernos.
En su planteamiento existe una tensión constante entre el qué y el cómo. El qué remite al universo elegido: lo pequeño, lo cotidiano, lo esencial. El cómo implica el nivel de compromiso técnico con el que decide abordarlo. La complejidad no es un fin en sí mismo. No es exhibición de virtuosismo. Es una herramienta de precisión.
“Necesito el control técnico para llevar la materia exactamente donde quiero. No se trata de demostrar habilidad, sino de ser honesto con la idea.”


Ese compromiso técnico conecta con una tradición que admira profundamente: los maestros flamencos del Renacimiento —Van Eyck, Van der Weyden— y, más adelante, Velázquez. Todos ellos comparten una producción contenida y una manufactura minuciosa. Pero su mirada no es nostálgica. Mantiene un pie firme en la contemporaneidad. La referencia al pasado no es imitación, sino diálogo.
El proceso creativo del artista comienza mucho antes del primer trazo. La ideación puede prolongarse durante años. Notas, lecturas, reflexiones, pruebas de materiales y barnices. Búsqueda de una continuidad con lo anterior y, al mismo tiempo, la necesidad de introducir una ruptura que permita la renovación. La ejecución, aunque técnica y absorbente, es solo la parte visible de una estructura mucho más amplia.
Rómulo define su momento actual como una etapa de profundización conceptual. No se trata tanto de expansión como de afinación interior: una búsqueda de mayor coherencia entre lo que quiere decir y la forma en que lo dice. “Estoy en un momento de profundizar más, de conectar con mi voz más íntima y hacer que eso se refleje hacia afuera.”
A lo largo de su trayectoria identifica tres hitos decisivos: la selección en la exposición europea Realismus, que reúne a grandes figuras del realismo histórico y contemporáneo; su etapa con galería en Nueva York; y su selección como finalista en el programa municipal “Percent for Art” del Bronx neoyorquino. Tres momentos que consolidan una vocación internacional que siempre estuvo presente.




Pero la aspiración del artista no es únicamente geográfica. Es temporal. En un momento particularmente revelador afirma: “Me gustaría que dentro de 300 o 400 años alguien pudiera aproximarse a mi obra y entenderla.” No habla de éxito inmediato ni de impacto coyuntural. Habla de permanencia.
Su biografía ayuda a entender esta posición. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria y criado en un entorno rural en Murcia, crece rodeado de procesos naturales y de una temporalidad distinta. De niño colecciona insectos y los estudia con detenimiento. Esa aproximación analítica y contemplativa al fenómeno natural marca su manera de mirar.
En el núcleo de su obra está el fenómeno de la atención. Cuando el observador dirige todos sus sentidos hacia algo sencillo, sucede algo profundamente humano. No es el objeto lo que cambia, sino la intensidad de la experiencia.
El artista comparte una anécdota reveladora: tras observar una de sus naranjas, alguien le dijo que nunca volvería a mirar la fruta de la misma manera. Ese desplazamiento en la percepción es, para él, el mayor logro posible. Plantar una semilla en la mirada del otro. Sugerir que la realidad cotidiana puede contener capas de sentido insospechadas.



Entre sus referentes contemporáneos menciona a Gerhard Richter, no tanto por un lenguaje específico, sino por su capacidad de transitar entre territorios sin quedar encerrado en uno solo. También cita a Carl Sagan, por su habilidad para acceder a lo universal desde lo pequeño, por la manera en que el análisis científico puede revelar belleza.
En un contexto cultural acelerado, marcado por la sobreproducción y la inmediatez, la posición de Rómulo resulta deliberadamente contracorriente. Reivindica la producción selectiva, el criterio cuidado y la honestidad con una forma de mirar propia. “Cada obra debe ser un eslabón bien trabajado dentro de una cadena coherente.”
No hay grandilocuencia en su discurso. Tampoco urgencia. Hay convicción.
Si algo atraviesa su práctica es una ética de la atención: una defensa del tiempo necesario para mirar y para hacer. Una voluntad de permanecer más allá del ruido.
Quizá ahí radica su singularidad: en recordarnos que lo extraordinario puede habitar en lo ordinario, siempre que exista la voluntad (y el tiempo) de detenerse a mirar.
Entrevistado por Pablo García



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