En noviembre de 1985, en el restaurante O’Pazo de Madrid, un grupo de cineastas, productores, actores, técnicos y guionistas se reunió con una preocupación común: el futuro del cine español era incierto.
De aquel encuentro nacería la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Y, poco después, los Premios Goya, que en 2026 celebran su 40 edición.
El nombre no fue automático. Se plantearon otras opciones, como Lumière, Buñuel, o incluso denominaciones más simbólicas. Finalmente, en asamblea, los académicos eligieron “Goya”. No sólo por ser un nombre breve y reconocible internacionalmente, comparable a los Óscar o los César, sino por algo más profundo: la intuición de que Goya, de haber vivido en el siglo XX, habría sido cineasta.
Carlos Saura expresó en aquella asamblea que Goya ya tenía una mirada cinematográfica antes de que existiera el cine. Sus series, su tratamiento secuencial de la imagen, su manera de narrar el tiempo y el conflicto visualmente, lo acercaban más al lenguaje cinematográfico de lo que parecía a simple vista.
Desde su origen, los Goya no fueron sólo un premio institucional. Fueron una declaración cultural.
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Goya y la imagen como crónica


Francisco de Goya fue un observador implacable de su tiempo. Un creador obsesionado con su presente, atento a lo político, incómodo con el poder, fascinado por la vida y sus contradicciones. Nunca trabajó desde la neutralidad. En su obra conviven ficción y documento, crítica social y experimentación formal, belleza y violencia.
Ese cruce entre narración y mirada crítica es, precisamente, el territorio del cine.
Cuando los académicos decidieron bautizar los premios con su nombre, estaban reconociendo una continuidad: el cine español debía aspirar a ser crónica de su tiempo, no mero entretenimiento.
La estética dominante en los Goya 2026



En 2026, el conjunto de películas nominadas no dibuja una España complaciente. Tampoco una España simplificada. Hay complejidad, hay contradicción, hay fragilidad. Esa densidad no es ajena a la tradición que el propio premio invoca.
Las nominadas a Mejor Película: La cena, Los domingos, Maspalomas, Sirât, Sorda, tienen algo en común: la imagen no funciona como espacio de conflicto.
En Sirât, la espiritualidad no es decorado exótico. Es fricción. La cámara insiste en el cuerpo, en la espera, en el silencio como materia narrativa. Hay una construcción visual que obliga al espectador a sostener la mirada.
Sorda trabaja desde la experiencia sensorial. No sólo tematiza la diferencia; la incorpora en el propio dispositivo narrativo. La imagen y el sonido dejan de ser neutrales. Se convierten en estructura.
Los domingos y La cena operan desde otra dimensión: la intimidad como campo político. No hay estridencia visual, pero sí una precisión formal que revela tensiones invisibles. La escena doméstica no es anecdótica.
Incluso Maspalomas, desde una aparente ligereza estética, articula una mirada sobre identidad y desplazamiento que se sostiene en decisiones formales muy conscientes.
No hay un cine de exceso visual. Hay contención. Hay densidad. Y hay una búsqueda deliberada de atmósfera.
Dirección: la autoría vuelve a importar en los Goya 2026


En Mejor Dirección compiten cinco cineastas con universos reconocibles. No dependen de fórmulas industriales. Trabajan el ritmo, la textura, la relación entre plano y tiempo.
Albert Serra en Tardes de soledad insiste en la duración como experiencia. No hay montaje acelerado que alivie la tensión. La imagen se queda. Exige paciencia.
Carla Simón en Romería construye memoria desde lo íntimo. No hay subrayado innecesario. La cámara acompaña más de lo que impone.
Oliver Laxe en Sirât entiende el paisaje como elemento activo. No como fondo, sino como personaje.
Cuando la Academia reconoce este tipo de dirección, está reconociendo una apuesta estética concreta: la imagen como pensamiento, no como recurso. Esto demuestra el peso que el cine de autor está ganando dentro de la industria española.
Qué dice esto sobre el momento actual
Durante décadas, el cine español fue asociado, dentro y fuera del país, a ciertos imaginarios reconocibles: costumbrismo, folklore, comedia ligera, o drama social explícito. La edición 2026 de los Goya sugiere otra cosa. La España que proyectan estas películas no es turística ni complaciente. Es introspectiva, compleja, consciente de sus tensiones.
Hay espiritualidad, pero no ingenuidad. Hay crítica social, pero sin panfleto. Hay memoria, pero no nostalgia decorativa. La imagen contemporánea que emerge es más cercana al claroscuro que al color plano.
En un contexto dominado por el consumo acelerado, el cine que llega a los Goya este año se mueve en otra velocidad. Se permite silencio. Se permite incomodidad. Se permite ambigüedad.
Esa elección estética es relevante.
En Saisho hablamos a menudo del criterio como capacidad de distinguir entre lo que responde a una tendencia pasajera y lo que construye estructura. Algo similar ocurre aquí. Las películas nominadas no parecen pensadas para viralizarse. Parecen pensadas para sostenerse.
Y esa diferencia importa.
Cine y pintura: un lenguaje compartido


El cine no nació en España aislado de su tradición pictórica. La construcción de la luz, la composición del encuadre, la relación entre figura y fondo, y la tensión dramática de los contrastes son elementos que atraviesan siglos de producción visual.
Cuando el documental The Sleeper. El Caravaggio perdido compite en la categoría correspondiente, no sólo habla de un hallazgo artístico; habla de una obsesión persistente por la luz dramática. Cuando películas como Sirât o Tardes de soledad trabajan desde atmósferas densas y silenciosas, dialogan, consciente o inconscientemente, con esa herencia.
El cine español de 2026 no parece interesado en la imagen inmediata y desechable. Se inclina hacia la construcción lenta, hacia el plano que permanece, hacia la escena que exige interpretación.
Premios Goya: Más que una gala
Cuando en 1985 se defendió que Goya tenía una concepción cercana al cine por su tratamiento secuencial y su compromiso con su tiempo, no se estaba haciendo una metáfora vacía. Se estaba estableciendo una línea de exigencia.
Los Goya no premian únicamente trayectorias individuales. Funcionan como termómetro cultural. Cada edición dibuja la actualidad desde obsesiones colectivas, miedos compartidos, preguntas abiertas.
Las películas nominadas a los Goya 2026 no replican la estética del pintor ni pretenden hacerlo. Pero sí comparten algo más profundo: la conciencia de que la imagen nunca es inocente. Y quizás, al final, lo que esta edición confirma es que el cine español sigue haciendo lo que Goya hizo en su tiempo: mirar de frente. Y sostener la mirada.

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