El interés global por los artistas latinoamericanos no es nuevo, pero sí está atravesando un momento de visibilidad especialmente intenso. Más allá de los picos mediáticos o culturales, lo cierto es que el arte contemporáneo latinoamericano lleva años consolidando una presencia sólida en bienales, ferias, y colecciones internacionales.
Hablar de artistas latinoamericanos hoy implica hablar de prácticas profundamente diversas: desde investigaciones sobre memoria y territorio hasta reflexiones sobre economía global, identidad, espiritualidad, o percepción. No existe una estética común. Lo que existe es una densidad conceptual y una relación muy consciente con el contexto.
A continuación, una selección de 8 artistas latinoamericanos cuya obra merece una mirada atenta.
Tabla de contenidos
1. Adrián Guerrero (México)


Adrián Guerrero trabaja desde la observación de lo aparentemente sencillo. Su práctica atraviesa fotografía, cerámica, dibujo, escultura, y video, pero el hilo conductor no es el medio, sino la percepción.
Le interesa cómo experimentamos el espacio, cómo entendemos el tiempo, y cómo se modifican los significados cuando desplazamos un objeto de su contexto habitual. En su obra hay una investigación constante sobre la fenomenología de lo cotidiano: aquello que vemos todos los días, pero rara vez interrogamos.
La cerámica ocupa un lugar central en su proceso, no como técnica decorativa, sino como campo de exploración material. El objeto, en sus manos, deja de ser funcional para convertirse en pregunta.
Su trayectoria internacional, con presencia en colecciones como la Louis Vuitton Foundation y exposiciones en América, Asia, y Europa, no ha diluido esa mirada rigurosa. Al contrario, ha reforzado una práctica que no depende del espectáculo, sino de la precisión conceptual.
2. María José Benvenuto (Chile)


La pintura de María José Benvenuto parte del paisaje, pero no como representación descriptiva, sino como estructura emocional. Su trabajo responde a una experiencia migratoria personal que la llevó a pensar el territorio como algo que se recuerda, se reconstruye, y se adapta.
Formalmente, construye composiciones orgánicas donde gesto, mancha, y trazo se equilibran con una sensibilidad muy controlada. En su obra hay ecos del expresionismo abstracto, desde la frontalidad hasta el “dripping”, pero también una síntesis que dialoga con tradiciones pictóricas orientales, donde el paisaje es percepción espiritual más que imagen literal.
El entorno natural funciona como eje común entre culturas, como punto de estabilidad frente al cambio. En sus lienzos, el movimiento es constante, pero siempre desemboca en armonía estructural. Es una pintura que reflexiona sobre pertenencia sin recurrir a la narrativa explícita.
3. Horacio Quiroz (México)


La obra de Horacio Quiroz parte del cuerpo, pero no como anatomía estable, sino como territorio de transformación. Su técnica pictórica, de una ejecución impecable, da lugar a figuras que parecen mutar entre lo orgánico y lo mineral. Carne y alma, belleza y extrañeza, lo estético y lo inquietante conviven en una misma superficie.
Quiroz trabaja desde la dualidad como condición inevitable. Día y noche, amor y miedo, cuerpo y espíritu no son opuestos excluyentes, sino fuerzas simultáneas que configuran la experiencia humana. Sus anatomías imposibles funcionan casi como radiografías emocionales.
Hay en su pintura una tensión deliberada entre lo bello y lo grotesco. Esa fricción es donde se activa su lenguaje. No busca suavizar la contradicción; la sostiene.
Su obra mantiene una coherencia conceptual que la sitúa en un lugar sólido dentro del arte contemporáneo latinoamericano.
4. Alejandro Pasquale (Argentina)


Alejandro Pasquale desarrolla una narrativa pictórica en torno a los estados de conciencia no ordinaria. Influido por experiencias meditativas profundas y ceremonias ancestrales, su obra explora visiones psicodélicas donde máscaras, animales, y elementos vegetales invaden la composición.
Sus pinturas no son ilustraciones de lo místico, sino metáforas visuales sobre la interconexión entre lo humano y lo natural. La iconografía se despliega con una técnica refinada y un estilo inmediatamente reconocible.
Pasquale recuerda que la experiencia espiritual no es evasión, sino expansión de percepción. Su trayectoria incluye presencia en las principales ferias latinoamericanas y obra en colecciones institucionales argentinas.

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5. Alejandra Glez (Cuba)


Alejandra Glez trabaja desde la fotografía, la instalación, el videoarte, y la performance para explorar identidad, memoria, y espiritualidad desde una perspectiva afrocubana.
El agua atraviesa su práctica como símbolo de transformación y sanación. La figura de Yemayá no aparece como icono decorativo, sino como estructura simbólica que sostiene la obra.
Su trabajo aborda trauma, cuerpo, y emancipación desde un enfoque que privilegia el ritual y la creación de espacios de cuidado. Es una práctica expandida, donde el medio nunca es único y la imagen nunca es fija.
6. Paulina Cerda (Chile)


Paulina Cerda trabaja desde la abstracción, pero entendida como campo activo de experiencia. Sus superficies construidas mediante capas sucesivas de acrílico generan profundidad y volumen perceptivo sin abandonar la bidimensionalidad.
En su obra, el gesto inicial se organiza progresivamente mediante estructuras que no anulan el impulso, sino que lo contienen. El brochazo adquiere peso, dirección, casi corporeidad. En sus trabajos más recientes, ese gesto comienza a fragmentarse, generando una nueva poética basada en la fragilidad y la persistencia del rastro.
Su pintura construye espacios de percepción donde el tiempo queda inscrito en cada capa.
7. Cecilia Barreto (México)


Cecilia Barreto ha construido una investigación pictórica centrada en el capitalismo global. Parte de datos financieros y estructuras económicas para traducirlos en composiciones abstractas donde el capital deja de ser cifra y se convierte en tensión formal.
Con el tiempo, su obra ha evolucionado hacia una abstracción más depurada, donde el poder aparece como vacío, textura, o límite. Su práctica no denuncia desde la literalidad, sino desde la estructura del propio lenguaje pictórico.
Barreto ofrece una pintura que obliga a mirar el sistema desde dentro.
8. Alejandro Pantín (Venezuela)


Alejandro Pantín transforma libros descartados en esculturas tridimensionales mediante una técnica topográfica de corte manual, heredada de su formación arquitectónica.
Cada pieza surge de un proceso de precisión extrema: cortes curvilíneos que generan volúmenes orgánicos, evocando proporciones clásicas y anatomías sutiles. El libro deja de ser contenedor de información para convertirse en cuerpo.
Su trabajo articula una reflexión sobre obsolescencia y permanencia. Pantín no idealiza el pasado; lo reconfigura desde la tridimensionalidad.
Hay en su obra una síntesis entre racionalidad arquitectónica y sensibilidad escultórica que la distingue dentro del panorama contemporáneo.
Artistas Latinoamericanos: Más allá de la etiqueta
Hablar de artistas latinoamericanos hoy implica superar la etiqueta geográfica. Lo que conecta a estos nombres no es una estética común, sino una relación consciente con su contexto y una construcción sólida de lenguaje propio.
El mercado internacional ya no busca “exotismo regional”, sino propuestas con estructura, trayectoria, y capacidad de diálogo global. Y eso exige algo más que visibilidad momentánea.
Seguir a estos artistas no es una cuestión de tendencia. Es una forma de entender hacia dónde se está moviendo una parte relevante del arte contemporáneo.
El interés mediático puede activar búsquedas. Pero el verdadero trabajo empieza después: distinguir entre ruido y propuesta, entre viralidad y consistencia.
Conocer artistas latinoamericanos implica dedicar tiempo a entender su proceso, su evolución, su contexto, y su proyección. No basta con que estén en el foco. Importa cómo sostienen su práctica cuando la atención baja.
Y ahí es donde el criterio marca la diferencia.
El arte no se colecciona por geografía. Se colecciona por lenguaje, por coherencia, y por futuro.

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