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Entrevista con Thomas Benech, artista contemporáneo | Saisho

En Saisho tuvimos la oportunidad de conversar con el artista contemporáneo Thomas Benech para profundizar en los ejes que atraviesan su práctica escultórica: el movimiento, la dualidad, la técnica y la relación entre cuerpo y espacio. A continuación, presentamos la entrevista completa, parafraseada, donde el artista recorre su formación, influencias y procesos de trabajo con una honestidad que refleja la coherencia de su obra.

Primeros años de Thomas Benech: vocación y formación

La relación de Thomas Benech con la escultura comienza antes de que pudiera formularla con palabras. A los ocho años ya tallaba bellotas recogidas cerca de la casa de sus padres, fascinado por la aparición de una forma nacida directamente de sus manos. “Creo que ahí entendí algo fundamental: el placer de hacer surgir volumen donde antes no había nada”, recuerda. Apenas unos años después, con doce, recorría su barrio en bicicleta con esculturas en la mochila, llamando puerta por puerta para intentar venderlas. No había galería, sólo una necesidad muy clara de hacer y mostrar.

Esa vocación temprana se fue consolidando a través de una formación híbrida. Benech se define como autodidacta, pero desde niño asistió a talleres de escultura, pintura y dibujo. Tras el bachillerato se preparó en una escuela privada para acceder a Bellas Artes, donde recibió una enseñanza rigurosa en dibujo académico, modelado y diseño. Durante su etapa universitaria tomó una decisión pragmática: especializarse en comunicación visual. “Quería asegurarme un trabajo creativo que me permitiera vivir del arte, no acabar en algo completamente ajeno”, explica. Su proyecto final ya revelaba una inquietud transversal, combinando escultura y grafismo a partir de fotografías de volúmenes realizados en madera curvada al vapor, convertidas después en un alfabeto bidimensional.

Dibujo y escultura: tensión entre rapidez y lentitud

El dibujo sigue siendo hoy una herramienta central en su práctica. Le permite pensar rápido, enlazar ideas y mantener una fluidez mental que la escultura, por su propia naturaleza, tiende a ralentizar. “La escultura es lenta, y ese es uno de mis grandes retos”, comenta. “Intento recuperar en el volumen la espontaneidad y la tensión que sí encuentro en el dibujo. Si no, la pieza se queda estática”. Esa lucha constante por el dinamismo atraviesa toda su producción actual.

En sus esculturas recientes, Benech investiga el movimiento, el equilibrio y la relación entre cuerpo y espacio. Las formas parecen sostenerse de manera inusual, obligando al espectador a preguntarse cómo se mantienen en pie. No se trata de un desafío técnico gratuito, sino de una invitación a la contemplación. “Vivimos demasiado rápido. Si mi obra consigue que alguien se detenga unos segundos, ya está aportando algo”, afirma. Frente a discursos artísticos más explícitamente políticos o críticos, su trabajo propone un camino poético y sensorial que actúa como complemento necesario.

Trayectoria expositiva y proyección internacional

Su trayectoria expositiva acompaña esta evolución. Tras una primera exposición relevante en Francia al terminar Bellas Artes, dio el salto a Madrid en 2010 con una muestra centrada en cerámica y el rostro humano, muy distinta de su lenguaje actual. Más recientemente, ha presentado obras de su serie Windows en una colectiva en Portugal, donde combinó esculturas en Corian con una instalación de texto y una pieza suspendida de tres metros de papel plegado. A nivel ferial, ha participado en Stampa y prepara su presencia en Art Madrid, además de la feria Love en Portugal, que establece un diálogo entre arte contemporáneo y antigüedades.

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Escala, residencias y diálogo con Asia

En este momento, Benech trabaja en esculturas cada vez más ligeras y finas, explorando la suspensión y nuevas formas de apoyo mural, sin recurrir a la base tradicional. “Me interesa que la pieza se relacione con el espacio de otra manera, que no todo sea horizontal”, explica. A medio plazo, su objetivo es acceder a residencias artísticas que le permitan trabajar a mayor escala, especialmente en cerámica, donde el tamaño del horno supone una limitación constante. Está aplicando activamente a residencias en Asia —Taiwán, Corea o China— con el deseo de confrontar su trabajo con otras culturas y formas de pensamiento.

Esa apertura hacia Asia conecta con uno de los ejes conceptuales más claros de su obra: la dualidad entendida como convivencia. Lleno y vacío, curva y línea, dureza y suavidad, rapidez y lentitud aparecen constantemente en sus piezas, no como opuestos, sino como elementos que se necesitan mutuamente. Benech reconoce en filosofías como el taoísmo una afinidad natural con esta manera de entender la forma. “El vacío es tan importante como la línea”, subraya. “El espacio libre también construye”.

La danza como herramienta escultórica

La danza contemporánea es otra de las influencias fundamentales de su investigación. Hace diez años comenzó a bailar para estudiar el cuerpo desde dentro y experimentar el movimiento en primera persona. Ese aprendizaje estableció puentes directos con la escultura: tensión, ritmo, gravedad o fluidez son conceptos compartidos. “El cuerpo es la herramienta principal tanto del bailarín como del escultor”, señala. Le interesa especialmente cuando sus esculturas obligan al espectador a moverse alrededor de la pieza; la reacción espontánea de los niños, que se agachan o cambian de punto de vista, es para él una confirmación de que el movimiento se transmite.

Referencias e influencias

Entre las referencias artísticas de Thomas Benech destacan Martín Chirino —una de las razones por las que decidió instalarse en España—, Jorge Oteiza y Eduardo Chillida, así como escultores internacionales como Tony Cragg o Barbara Hepworth. También encuentra paralelismos en la escritura, en ese proceso de eliminar lo superfluo hasta dejar lo esencial, y en la arquitectura de Zaha Hadid o Frank Gehry, por su manera de pensar el volumen en el espacio.

Técnica y material: cerámica y Corian

La singularidad de su trabajo se manifiesta con especial claridad en el plano técnico. En cerámica, incluso profesionales experimentados se sorprenden al no comprender cómo están realizadas sus piezas, que a menudo se confunden con madera. El proceso es largo, complejo y lleno de variables incontrolables: el secado, la humedad, el horno. A ello se suma su uso del Corian en la serie Windows, un material sintético compuesto de resina y polvo de mármol, prácticamente inédito en escultura. Para aprender a trabajarlo, Benech pasó dos meses como obrero en una empresa especializada en cocinas y duchas, aprendiendo directamente desde la práctica.

El proceso de Windows comienza con una investigación en papel y cartón, recortando y plegando hasta encontrar la forma adecuada. Después, repite la secuencia varias veces para memorizarla, como si se tratara de una coreografía. Una vez calentada la plancha de Corian en un horno industrial, dispone de apenas cinco minutos para ejecutar esa coreografía de pliegues antes de que el material se enfríe y la forma quede fijada. Ese instante, donde gesto, tiempo y materia coinciden, concentra el núcleo conceptual de la serie.

Thomas Benech y la escultura como experiencia

La obra de Thomas Benech se sitúa así en un territorio donde técnica, cuerpo y pensamiento se encuentran. Una escultura que no se impone, sino que se ofrece como experiencia, invitando a habitar el espacio desde el equilibrio, la tensión y el movimiento. Su trabajo no parte de la espectacularidad, sino de una investigación sostenida. Movimiento, equilibrio y vacío no son recursos formales, sino preguntas que atraviesan toda su práctica.

Ese tipo de coherencia es la que buscamos cuando analizamos una trayectoria. No se trata de si una pieza impacta a primera vista, sino de si responde a un lenguaje propio que se reconoce y evoluciona con el tiempo.

Ahí es donde entra el criterio. No como filtro rígido, sino como herramienta para distinguir lo que tiene recorrido de lo que es circunstancial. Y en el caso de Benech, la consistencia entre pensamiento, técnica y forma habla por sí sola.

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