Cada 13 de enero, el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión pone sobre la mesa una realidad que afecta a millones de personas. A menudo se aborda desde cifras, síntomas, o discursos de concienciación necesarios, pero incompletos. Hay otro lugar desde el que la depresión ha sido pensada durante siglos: el arte.
Hablar de depresión en el arte no significa romantizar el sufrimiento ni convertirlo en un relato estético complaciente. Significa reconocer que, en muchos momentos históricos, la creación artística ha sido una forma de nombrar lo que no encontraba palabras, de dar forma a estados de vacío, abatimiento, bloqueo, o desconexión profunda.
Antes de ser diagnosticada, la depresión ya había sido observada, representada, y vivida. El arte fue uno de los primeros espacios donde pudo existir sin necesidad de explicación.
Tabla de contenidos
Cuando el mundo pesa: primeras representaciones del abatimiento
Aunque el término “depresión” es moderno, la experiencia que describe no lo es. En la historia del arte encontramos figuras detenidas, cuerpos exhaustos, miradas ausentes, y escenas donde la acción se suspende.
Desde Durero hasta Goya, pasando por la pintura barroca y romántica, aparecen imágenes donde el sujeto ya no actúa, sino que piensa, se repliega, se apaga. No hay épica, hay cansancio. Y hay una conciencia que pesa demasiado.
Con la llegada de la modernidad, la depresión en el arte deja de representarse como alegoría y se vuelve cotidiano. En el siglo XX, artistas como Hopper, Giacometti, o Bacon muestran cuerpos aislados, espacios vacíos, figuras atrapadas en sí mismas. La depresión deja de ser símbolo y se convierte en atmósfera.
El arte más allá de describir el dolor, lo hace habitable.

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Arte y depresión en el presente: del gesto al silencio
En el arte contemporáneo, la depresión rara vez se nombra de forma literal. Más bien se filtra. Aparece en la repetición, en la contención, en la materia trabajada hasta el límite, en la imposibilidad de avanzar, y en el espacio emocional desde el que se crea.
Muchos artistas no crean sobre la depresión, sino desde ella. La obra no explica un estado emocional: lo sostiene. La creación funciona como un lugar intermedio entre el colapso y la palabra.
Aquí, el arte no promete curación. Ofrece algo más honesto: un espacio donde no hace falta estar bien.
Crear para no desaparecer: artistas Saisho y la experiencia depresiva
Dentro de Saisho, hay artistas cuya práctica no puede separarse de un trabajo profundo con la fragilidad emocional. No porque ilustren la depresión de forma literal, sino porque entienden la creación como un espacio de transformación personal.
Ella Baudinet: pintar como acto de sanación



La obra de Ella Baudinet nace de un proceso personal de sanación. La artista ha hablado abiertamente de la pintura como parte inseparable de su camino emocional, donde arte y bienestar no son ámbitos separados. Pintar no es para ella una representación de lo vivido, sino una consecuencia directa de estados meditativos y de un trabajo profundo con el cuerpo y la mente. En este sentido, su obra conecta con una tradición espiritual de la abstracción donde el color actúa como fuerza emocional autónoma.
Su pintura habita un umbral constante entre lo visible y lo invisible, entre lo consciente y lo inconsciente. Sus atmósferas veladas, cuerpos suspendidos y campos de luz contenida no ilustran la depresión, pero dialogan con ella desde otro lugar: el de la búsqueda de equilibrio tras el desbordamiento. La pintura se convierte en un espacio de reconciliación entre mente, cuerpo, y espíritu.
En 2025, recibió el Premio Lorenzo Il Magnifico en la Bienal de Florencia en la categoría de Pintura, lo que demuestra su dominio técnico y el poder de su obra de conectar con el público. Para Ella Baudinet, crear no es escapar del dolor, sino atravesarlo con cuidado.
Irene Pérez: visibilizar lo que se oculta



La pintura de Irene Pérez confronta de forma directa aquello que la sociedad prefiere ocultar. Sus retratos, muchas veces de figuras asociadas al éxito, al poder, o a la estabilidad, están atravesados por gestos de desfiguración, tensión, y ruptura anatómica.
Ansiedad, frustración, y abatimiento se manifiestan en anatomías alteradas, pinceladas agresivas, y texturas densas. La artista no busca embellecer el malestar: lo muestra como parte constitutiva de la experiencia humana. Su trabajo funciona como un espejo incómodo donde el espectador reconoce la presión constante de una conciencia intranquila.
Su obra recuerda algo incómodo pero necesario: la depresión no distingue estatus, éxito, ni apariencia. En ésta, la depresión es un punto de fricción. Una forma de recordar que incluso en los contextos más “exitosos” persisten los mismos vacíos emocionales. Pintar es, para ella, una forma de hacer visible lo que suele permanecer oculto.
Paco Díaz: Creación y delirio

Hablar de salud mental hoy implica revisar cómo, durante décadas, la diferencia fue interpretada como enfermedad. Especialmente en el caso de las mujeres, la creatividad intensa, la disidencia, o el dolor psicológico fueron a menudo medicalizados y silenciados. La obra CREACIÓN Y DELIRIO —también titulada LOCAS—, perteneciente a la serie Books de Paco Díaz, aborda de forma crítica esa historia.
La pieza adopta la forma de un conjunto de libros dedicados a mujeres artistas que pasaron por hospitales psiquiátricos en distintos momentos de sus vidas. Yayoi Kusama ingresó voluntariamente para tratar su trastorno obsesivo-compulsivo y sus alucinaciones; en su caso, el arte se convirtió en una herramienta terapéutica y de supervivencia. Leonora Carrington fue internada tras haber sufrido una violación grupal en Madrid, en un contexto que confundió trauma con locura. Logró escapar y rehacer su vida y su obra en el exilio.
Ángeles Santos fue internada por su familia poco después de pintar Un mundo, una obra visionaria realizada antes de cumplir los veinte años. Hoy, ese mismo cuadro ocupa un lugar central en el Museo Reina Sofía, recordándonos cómo el reconocimiento suele llegar tarde. Dora Maar fue ingresada tras su ruptura con Picasso; Camille Claudel, en cambio, pasó décadas recluida, reducida durante años al papel de musa pese a la potencia de su obra.
En CREACIÓN Y DELIRIO aparecen también nombres como Niki de Saint Phalle, Jeanne Tripier, Aloïse, y Unica Zürn. Y un último libro sin nombre, abierto, que señala a todas aquellas artistas cuya diferencia fue etiquetada como “locura”.
La obra no romantiza la enfermedad mental ni el sufrimiento, sino que cuestiona los mecanismos que durante años confundieron dolor, trauma, y creatividad con patología. Hoy que la salud mental ocupa por fin un lugar central en el debate público, esta pieza nos recuerda la importancia de escuchar la diferencia sin estigmatizarla, y de revisar los relatos que históricamente han decidido quién era un genio y quién debía ser silenciado.
María Argüelles: el cuerpo como lugar del conflicto



Formada en Psicología Clínica antes de dedicarse al arte, María Argüelles trabaja desde un conocimiento directo del espacio intermedio entre lo íntimo y lo público. Sus cuerpos pintados no representan historias cerradas; contienen tensiones, ausencias, restos emocionales.
En su obra, la depresión no se narra como episodio, sino como estado latente. Los cuerpos invaden el espacio pictórico, buscan salir, desbordar el límite del lienzo. Su trabajo entiende la pintura como archivo y como narración. Cada cuerpo contiene una historia, una ausencia, una tensión no resuelta. No hay dramatización explícita, pero sí una constante sensación de vulnerabilidad, de exposición.
En Argüelles, la melancolía se manifiesta como presencia física. Como algo que no se puede explicar, pero sí sentir. Pintar es, en su caso, una forma de ordenar lo que desborda. Pintar es una forma de archivo emocional, una manera de sostener lo que no siempre puede decirse, donde la creación no resuelve el conflicto: lo mantiene presente sin negarlo.
Mirar la depresión sin simplificarla
En el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, el arte no sustituye a la ayuda profesional ni a los procesos terapéuticos. Pero cumple otra función igual de necesaria: ofrecer un espacio donde la depresión no se reduce a un diagnóstico ni se diluye en optimismo forzado. Un espacio donde la experiencia humana no necesita ser corregida de inmediato.
El arte permite mirar la depresión sin prisas, sin moralejas, sin finales cerrados. Permite reconocerla como parte de la condición humana, sin convertirla en espectáculo ni en consigna.
En Saisho creemos que el arte, cuando se aborda con criterio, puede acompañar esos estados de forma honesta. No para curar, sino para no dejar solo. Un lugar de recogimiento en un mundo que exige constantemente respuesta. Un lugar donde no hace falta estar bien todo el tiempo. Donde la fragilidad también tiene forma, valor, y sentido.

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