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GAZA: Carlos Blanco y el arte como testimonio

Hay obras que no buscan generar consenso, sino incomodidad. GAZA, la nueva obra de Carlos Blanco, no busca ser «entendida», ni decorativa, ni simbólicamente correcta. Es, más bien, una escena que incomoda por acumulación. De gritos, de cuerpos, de gestos interrumpidos.

No hay un mensaje claro, pero sí una necesidad evidente de hablar desde el lugar incómodo de aquellos que observan el conflicto desde lejos, sin poder —o querer— intervenir. La obra no toma partido, pero tampoco se permite el lujo de la neutralidad. Si algo logra Blanco con esta pieza es recordar que, a veces, la pintura no está para consolar, sino para no dejar en paz.

Construyendo GAZA

Lejos de ser un panfleto o un manifiesto político, GAZA es el resultado de una tensión interna: el rechazo a la propaganda y, al mismo tiempo, la imposibilidad de mirar hacia otro lado. En su superficie pictórica conviven el ruido, la angustia, y el absurdo. La escena se desenvuelve en un “exterior de interior” —un espacio ambiguo, como en Guernica— donde la arquitectura no ofrece cobijo, sino una falsa idea de refugio.

Carlos Blanco construye esta pieza como si fuera un friso contemporáneo. Todo se empuja, se roza, se fragmenta. La composición es un campo saturado de cuerpos, restos, miradas, y gritos que se entrecruzan sin descanso. Desde un punto de vista técnico, el trabajo recuerda un collage pictórico: planos superpuestos, brochazos en tensión, líneas interrumpidas, gestos que son casi borraduras.

La paleta rehúye el efectismo. El color está contenido, como cubierto de polvo, de humo, de tiempo acumulado. Como si la pintura misma estuviera herida.

Escenas que no pueden sostener la mirada

Hay figuras dentro de la obra que se quedan grabadas: una mujer que grita, con las manos desbordadas; una anciana cargando a un niño; un perro que presiente lo que está fuera del cuadro y ladra con el rabo entre las piernas. En el centro, un personaje desencajado, la llamada «mujer-bolo», alude al absurdo de la violencia repetida, de los cuerpos como blanco de turno. Un gesto pictórico resume toda la brutalidad: una sonrisa borrada a brochazos.

Los guiños visuales no son gratuitos. Uno de los guerreros aparece desmembrado junto a una flor, en una cita clara a Guernica. El perro aterrorizado remite al tríptico de Francis Bacon, mientras las pinceladas verticales evocan tanto las cascadas de Pat Steir como la destrucción de los Combines de Rauschenberg. Cada pupila pintada parece rechazar lo que ve. Las miradas se desorbitan, se escapan, se descuelgan.

En GAZA, nada permanece en su sitio. Ni la anatomía, ni la emoción, ni la lógica de la escena. La obra, además, se lee de derecha a izquierda, en un gesto que no sólo replica la dirección de la escritura árabe, sino que también subvierte nuestra forma occidental de observar, obligándonos a desaprender para mirar de nuevo.

Carlos Blanco: Un artista que no esquiva los temas incómodos

Carlos Blanco ya había abordado el trauma colectivo en su homenaje a Guernica, donde no se limitaba a reinterpretar la obra de Picasso, sino que la utilizaba como punto de partida para pensar nuevas formas de representar la violencia, el absurdo, y el duelo.

Con GAZA, el artista da un paso más. No se trata de una relectura formal del conflicto, sino de una condensación emocional, ética, y visual. Una pieza donde la pintura vuelve a ser un campo de batalla: entre el horror y la belleza, entre lo que se ve y lo que se silencia.

Blanco se suma así a una tradición de artistas que han decidido no guardar silencio ante la guerra y el sufrimiento humano.

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Del Guernica a GAZA: una historia de imágenes insostenibles

Desde Picasso hasta Ai Weiwei, pasando por Anselm Kiefer o Banksy, el arte contemporáneo ha ofrecido espacios para la denuncia sin caer en el discurso explícito. El arte político más potente no es aquel que ilustra una consigna, sino el que produce incomodidad, el que interroga, el que se vuelve difícil de mirar.

Guernica, pintado en 1937, se convirtió en un símbolo universal contra la barbarie. Pero lo que lo hace aún hoy vigente no es su iconografía reconocible, sino su composición en tensión, su paleta contenida, su acumulación de gestos inconclusos. GAZA, en este sentido, recoge ese legado y lo traslada al presente.

También lo vemos en artistas como Ai Weiwei, quien ha utilizado instalaciones, fotografía, y performance para denunciar los conflictos en Siria, el drama de los refugiados o las desapariciones en China. O Vik Muniz, que ha trabajado con residuos y basura para reconstruir rostros de víctimas, convirtiendo el desperdicio en imagen.

En todos estos casos, como en el de Carlos Blanco, el arte no pretende hablar por otros, pero sí ofrecer una forma alternativa de narrar lo que muchas veces no cabe en las noticias.

El arte como resistencia emocional

GAZA no es una obra para ver una sola vez. Requiere tiempo, lectura, y una dosis de valentía. Lo mismo sucede con todas aquellas piezas que eligen no callar.

El arte tiene el poder de señalar aquello que el lenguaje no alcanza. Puede ser, como en este caso, un documento de la sinrazón y, al mismo tiempo, una forma de resistencia estética. No se trata de ofrecer respuestas, sino de abrir espacio para una mirada crítica y comprometida.

Para los coleccionistas que deseen ver el trabajo de Carlos Blanco en persona o conocer más sobre GAZA, S Gallery ofrece visitas guiadas bajo cita previa

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